Seabiscuit
Pequeño gran caballo
Es verdad que las películas de género deportivo suelen tener demasiadas veces un factor en contra: su previsibilidad. Pero también es cierto que se prestan, quizá también más que ninguna otra, a reflejar la vida humana en su faceta más romántica: la de lograr que los sueños se hagan realidad. Películas como Seabiscuit son capaces de arrancar en el espectador una emoción verdadera, el ansia de no rendirse jamás ante las dificultades, la convicción de que aunque seamos pequeñas personas siempre seremos capaces de hacer cosas grandes. Y eso es importante para mantenerse vivo.
Seabiscuit es la historia de un pequeño caballo que se convirtió en una leyenda allá por los años treinta, en el Estados Unidos hundido por la depresión. Pero es también la aventura de superación de tres personas cuyo mundo se había derrumbado por completo. Johnny “Red” Pollard es un joven jockey que malvive con trabajos de poca monta y cuya vida solitaria tras el abandono de sus padres se ha convertido en una pesadilla. El millonario Charles Howard es un hombre hecho a sí mismo, pero que ha perdido lo que más quería, en la vida, su mujer y su hijo. Tom Smith es un vaquero de los de antes, los que aman la naturaleza y la vida más que el dinero (“no se tira una vida por la borda sólo porque esté un poco magullada”, dice), lo cual no le ha permitido prosperar y ha acabado por ser un hombre sin futuro. Pero el destino quiere que estas tres personas se encuentren y entablen relación en torno a un pequeño caballo de carreras que les devolverá las ganas de vivir.
El sueño americano sobre cuatro patas
En los años 30, Seabiscuit ilusionó a millones de personas que en Estados Unidos habían perdido la esperanza de recuperación. Pero Seabiscuit fue mucho más que una ilusión deportiva. Ese caballo, pequeño y sin pedigrí, osó llegar hasta donde sólo lo habían hecho los grandes corceles tratados a cuerpo de rey en suntuosas mansiones. Para millones de personas, Seabiscuit representó el triunfo de los pequeños contra los grandes, de los humildes contra los poderosos, de los pobres contra los ricos. De ese modo llegó a ser un estandarte del resurgimiento de Norteamérica. Algo así como el sueño americano sobre cuatro patas.
Estrellas equinas
Era difícil encontrar un caballo tan excepcional como Seabiscuit, por lo que los responsables de la cinta tuvieron que recurrir a diez ejemplares, que supieran hacer diversas cosas: dejarse montar por actores novatos, quedarse quietos, ganar una carrera o perderla. Por suerte, el aspecto del caballo era corriente: bayo con motas oscuras, por lo que fue fácil encontrar animales similares.
